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Daniel Pennac recibe en Mónaco el Premio Literario de la Fundación Príncipe Pierre por toda su obra

MÓNACO – Hay premios que se entregan en auditorios y premios que se entregan bajo una araña de cristal, en un salón dorado, con un retrato de la princesa Grace presidiendo la escena. Los segundos son los de Mónaco. Este miércoles 14 de octubre de 2026, el príncipe Alberto II y la princesa Carolina de Hannover, acompañados de Charlotte Casiraghi, recibieron en el Palacio Principesco a los galardonados con los Premios de la Fundación Príncipe Pierre de Mónaco, y durante una luminosa tarde de otoño el pequeño Estado de la Riviera perteneció por completo a los escritores.

El gran honor del día, el Premio Literario, fue para Daniel Pennac, distinguido por el conjunto de su obra. No se trata del premio a un libro de temporada, sino a una vida entera de escritura: décadas de novelas que han pasado de mano en mano, que se han leído en voz alta en las aulas, que se han recomendado entre amigos y que han acompañado a generaciones de lectores en todo el mundo francófono. En la fotografía oficial, Pennac aparece sonriente, con sus características gafas redondas y la medalla en su estuche abierto entre las manos, como un hombre felizmente sorprendido por su propia tarde.

Una primera novela junto a la obra de una vida

La belleza del acto monegasco está en su contraste. Junto al homenaje a Pennac, la Beca del Descubrimiento, la Bourse de la Découverte, fue para Soundouss Chraïbi por su primera novela, Le soleil se lève deux fois, es decir, El sol sale dos veces. Un premio que mira hacia atrás, a toda una carrera, y otro que mira hacia adelante, a un comienzo. En la imagen del Palacio, Chraïbi ocupa el centro con una blusa satinada de color burdeos, sosteniendo su galardón con ambas manos, flanqueada por un príncipe a un lado y una leyenda de las letras al otro. Es difícil imaginar un mejor primer capítulo para una novelista.

Esa combinación de experiencia y descubrimiento resume la filosofía de la Fundación Príncipe Pierre. Según explicó el propio Palacio en su cuenta oficial, @palaisprincierdemonaco, estas distinciones homenajean la riqueza de la creación literaria y acompañan a los autores cuyas obras mantienen viva la literatura contemporánea. La publicación reunió cerca de un millar de «me gusta» en sus primeras horas, un dato pequeño pero revelador: en una cuenta acostumbrada a galas y grandes premios de automovilismo, una fotografía de escritores en un palacio supo hacerse su hueco.

Tres anfitriones, un mensaje claro

El trío anfitrión también comunicaba. Alberto II, en el centro con un traje azul marino, aportó el peso institucional del Palacio a una tarde dedicada a los libros. A su lado, Carolina de Hannover, inconfundible con una chaqueta roja brillante, encarnó su larga vinculación con la vida cultural del Principado. Y Charlotte Casiraghi, elegante con un traje blanco de doble botonadura, representó a la nueva generación literaria de la familia, un puente entre el palacio y los lectores jóvenes que descubren a Pennac y a Chraïbi en la misma librería, a veces en la misma estantería.

El escenario completaba el relato. Los dorados del salón, el techo pintado, el parquet brillante bajo la luz de la tarde y, sobre todo, el retrato de cuerpo entero de la princesa Grace con un vestido blanco componen el fondo de la fotografía oficial de Michaël Alesi. El Mónaco de Grace fue un lugar donde los artistas eran recibidos como invitados de honor, y los premios Príncipe Pierre han mantenido viva esa costumbre a través de las generaciones. La imagen del miércoles, buscada o fruto de una feliz casualidad, coloca literalmente a los escritores de hoy frente a su retrato.

La cultura como seña de identidad

Semana intensa para la familia principesca, que el martes había protagonizado la inauguración de la guardería Ida junto a la princesa Charlène, un acto dedicado a los más pequeños del Principado. De una guardería a un premio literario en veinticuatro horas hay un hilo conductor evidente: la apuesta por la formación, la lectura y el futuro. Es la misma sensibilidad que explica el entusiasmo familiar que despiertan historias pensadas para todos los públicos, como demuestra la esperada película de Bluey, que ya tiene fecha de estreno en cines: detrás de cada gran historia hay siempre alguien que la escribió y alguien que creyó en ella desde el principio.

Para el público de España y América Latina, donde la literatura en lengua francesa se sigue con admiración y las casas reales europeas despiertan una curiosidad constante, la escena resulta doblemente atractiva. Mónaco demuestra que su influencia no se mide en kilómetros cuadrados, sino en su capacidad de reunir talento: un premio que en una sola tarde abraza la obra completa de un autor consagrado y la primera novela de una escritora que empieza. Cuando las luces de la araña se apagaron, Pennac se llevó a casa una vida de escritura reconocida y Chraïbi, una promesa con medalla. Y la literatura, por un día, reinó en el palacio.

Foto: Michaël Alesi / Palais princier

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