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La reina Mary tira de un cordón dorado en Rosenborg y devuelve la luz a la sala de invierno de Christian IV

Cuando la oscuridad del jueves por la tarde empezaba a caer sobre el castillo de Rosenborg, en Copenhague, Su Majestad la reina Mary inauguró la sala de invierno de Christian IV tras tres años de restauración, y después tiró de un cordón simbólico que activó una instalación de luz que realza los detalles recién restaurados de la estancia.

La fotografía oficial de la Casa Real danesa es de las que se quedan en la memoria. La reina, con un abrigo cruzado de un magenta intenso sobre un conjunto negro, de pie sobre el suelo de mármol a cuadros blancos y negros, sostiene con la mano derecha el cordón dorado con borla y mira hacia arriba con una gran sonrisa mientras la sala, oscura y llena de cuadros, comienza a iluminarse a su alrededor.

Una sala de 1613 pensada para el invierno

La sala de invierno se creó en Rosenborg en 1613 y se decoró con paneles de madera ricamente tallados y con pinturas procedentes, entre otros lugares, de Amberes. En una corte del siglo XVII, una sala de invierno era el espacio íntimo y cálido donde el rey vivía las largas tardes oscuras, rodeado del mejor trabajo de sus artesanos.

Con los siglos, el techo, el suelo y la propia arquitectura de la sala fueron cambiando. Tras tres años de restauración exhaustiva, sus detalles históricos han quedado preservados y realzados, y la nueva instalación de luz permitirá que el público los descubra a partir de ahora con todo su esplendor.

La luz como última restauradora

La idea tiene una lógica sencilla y brillante. En una estancia histórica de madera oscura, el ojo pasa de largo ante la talla y la pintura si la luz no ayuda. Una iluminación bien pensada, en cambio, recorre los paneles, despierta cada relieve y saca los cuadros de la penumbra sin dañarlos. El cordón que tiró la reina era simbólico, como señala la propia Casa Real, pero lo que simboliza es muy práctico: la sala vuelve a la vida pública.

La reapertura encaja en un otoño real danés dedicado a celebrar el trabajo bien hecho, como cuando la princesa Benedicta honró a los artesanos daneses en el Palacio Moltke o cuando la reina Margarita entregó el Premio Ebbe Munck en Fredensborg. En Rosenborg, los homenajeados son los tallistas y pintores de 1613, y los conservadores que han dedicado tres años a devolverles la luz.

Un castillo que se visita con los ojos bien abiertos

Rosenborg no es un castillo cualquiera en la vida danesa. Es el palacio que Christian IV levantó en el Jardín del Rey y que hoy guarda algunos de los tesoros más queridos del país, por lo que cada mejora en sus salas tiene un eco inmediato entre los visitantes. Que una de sus estancias más antiguas reabra después de tres años de trabajo es, en la práctica, una invitación renovada a mirar el castillo con ojos nuevos, incluso para quienes creen conocerlo de memoria.

También merece un aplauso el equipo de conservadores, cuyos nombres rara vez aparecen en los pies de foto. Tres años de trabajo paciente y de cerca, cuidando la madera tallada, estabilizando la pintura y respetando cada capa que dejaron cuatro siglos de historia, se resumen en un instante público de apenas unos segundos: un cordón que se tira y una sala que se enciende. Es el trato habitual de la conservación, años de cuidado invisible a cambio de un solo momento visible, y el jueves ese momento fue la sonrisa de la propia reina mirando hacia arriba.

El momento, además, no pudo estar mejor elegido. Una sala de invierno luce su nombre en noviembre, no en junio, y reabrirla justo cuando las tardes danesas oscurecen hacia las cuatro hace que quienes la visiten en las próximas semanas la descubran casi igual que la descubrió la reina: entrando desde el crepúsculo temprano y viendo cómo los paneles tallados y los cuadros emergen a medida que sube la luz.

Hay imágenes que resumen un reinado mejor que un discurso. Una reina de magenta, sonriendo hacia la luz que ella misma acaba de encender en una sala de cuatrocientos años, es una de ellas. La sala de invierno nació para la época más oscura del año; desde este jueves, vuelve a brillar, y cualquier visitante de Rosenborg podrá comprobarlo con sus propios ojos.

Foto: Kongehuset


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