Hay exposiciones que se visitan y exposiciones que se habitan. La que acaba de reabrir sus puertas en Oslo pertenece a la segunda categoría. El 15 de octubre de 2026, la muestra «Tråder i tid», que en español significa Hilos en el tiempo, volvió a la Dronning Sonja Kunststall, la caballeriza convertida en galería de arte de la Reina Sonia, y la Casa Real noruega lo celebró en su cuenta de Instagram, @detnorskekongehus. El público vuelve a tener ante sus ojos los tapices de las Colecciones Reales tejidos entre 1899 y 1955, unas piezas que la propia Casa Real describe como portadoras de historia y tesoros culturales.
La definición no es un adorno. Un tapiz de estas dimensiones tarda meses, cuando no años, en tejerse, y después pasa décadas colgado en salas donde transcurre la vida oficial de un país. Cada hilo guarda una época. Reunir 56 años de ese trabajo paciente en una sola galería permite leer la historia reciente de Noruega de una manera distinta, no en papel, sino en lana, color y dibujo.
Los tapices nacionales que ganaron el oro en París
Las piezas estrella de la exposición son los Riksteppene, los Tapices Nacionales de 1899, entre las obras de mayor tamaño de toda la muestra. Fueron tejidos bajo la dirección de Frida Hansen, una de las artistas textiles más admiradas de Noruega, a partir de los dibujos de Gerhard Munthe, figura clave del estilo nacional romántico noruego. En 1900 viajaron a la Exposición Universal de París y regresaron con una medalla de oro, un triunfo enorme para un país que estaba presentando su cultura ante el mundo.
Después, los Riksteppene colgaron durante muchos años en el Vestíbulo Superior del Palacio Real de Oslo, saludando a cada invitado que cruzaba la puerta principal. Con el tiempo fueron retirados para garantizar su conservación, y por eso su regreso a la vista del público tiene algo de reencuentro familiar. Son, a la vez, obra de arte, documento histórico y orgullo nacional tejido a mano.
Un regalo de Francia para un rey nuevo
La segunda gran historia de la sala llega desde Francia. «Une danse de nymphes», una danza de ninfas en hilo, fue el regalo entregado al nuevo rey Haakon VII con motivo de una visita de Estado a Francia en 1907, poco después de que Noruega iniciara su camino independiente. No fue un obsequio protocolario menor: la pieza ocupó un lugar de honor en el Salón de los Espejos del Palacio, entre brillos y ceremonias.
Hoy ese espacio lo preside el cuadro de la coronación del rey Óscar II, y las ninfas residen en otra estancia del Palacio. Lejos de ser una anécdota, ese traslado cuenta algo precioso sobre los palacios vivos: sus paredes cambian con cada generación, y exposiciones como esta permiten seguir el rastro de cada obra y entender su viaje.
El misterio del ángel organista
Y llega el enigma favorito de los visitantes. «Orgelspillende engel og jeger», el ángel que toca el órgano y el cazador, cuelga habitualmente en el Salón de la Reina de Kongsseteren, la residencia real de descanso. Nadie sabe quién lo diseñó. Nadie sabe quién lo tejió. La Casa Real lo presenta, con orgullo, como uno de los misterios sin resolver de la exposición.
Para disfrutarlo como merece, los comisarios lo han instalado dentro de una recreación del propio Salón de la Reina, de modo que el visitante no solo contempla el tapiz, sino que entra en el ambiente para el que fue creado. Es una idea expositiva brillante, de esas que convierten una visita en una experiencia, y conecta con el espíritu cultural que recorre las casas reales europeas esta temporada, el mismo que se vivió en Mónaco con Daniel Pennac y el Premio Literario de la Fundación Príncipe Pierre y en España con la visita de los Reyes al colegio Pintor Eduardo Morillas de Melilla.
La reapertura llega, además, en una semana dorada para la galería de la Reina Sonia, cuya entrada estrenó dos enormes vasijas de cerámica hechas a mano por la propia Reina, las más grandes de su trayectoria. Fuera, la obra nueva de una reina artista. Dentro, los tesoros tejidos de tres generaciones. Hilos en el tiempo ya puede visitarse en la Dronning Sonja Kunststall de Oslo, y es, sin discusión, una de las citas culturales más bonitas del otoño escandinavo.
Foto: Det kongelige hoff






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