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Un matorral puede duplicar las posibilidades de sobrevivir de la codorniz bobwhite, según un estudio de Georgia

La codorniz norteña conocida como bobwhite no pide demasiado para salir adelante. Necesita hierba donde alimentarse, suelo abierto por donde moverse y, como ahora demuestra la ciencia con datos muy concretos, un matorral enredado y denso junto al que dormir por la noche. Una investigación de la Universidad de Georgia, publicada en la revista Oecologia, concluye que las aves que descansaban cerca de una cobertura leñosa abundante tenían aproximadamente el doble de probabilidades de sobrevivir a la temporada no reproductiva que las que dormían en zonas más expuestas.

El doble de posibilidades gracias a un conjunto de arbustos. La cifra importa, y mucho, en un contexto delicado: en Georgia, el número de estas aves ha caído cerca de un 90 por ciento desde la década de 1960, según el Departamento de Recursos Naturales del estado. Cuando una especie ha retrocedido tanto, un hallazgo tan práctico no es solo un dato académico. Es una indicación clara de qué se puede hacer en el terreno para ayudarla.

Seguir a 169 aves hasta su lugar de descanso

Lo que hace convincente a este trabajo es su diseño. En muchos estudios de fauna se observa dónde prefieren estar los animales y se supone que esos lugares favoritos son también los más seguros. Esa suposición a veces falla, porque un animal puede preferir un sitio que, en realidad, le resulta perjudicial. El equipo de Georgia, dirigido por el investigador posdoctoral Justin Hill, de la Escuela Warnell de Silvicultura y Recursos Naturales, quiso comprobar directamente la relación entre la elección del lugar y la supervivencia.

El trabajo de campo se realizó en tierras públicas del sur de Indiana. Los investigadores colocaron pequeños transmisores de radio a 169 codornices y las siguieron hasta 720 lugares de descanso nocturno, a lo largo de dos temporadas de otoño e invierno. Cada lugar se comparó con el hábitat que lo rodeaba. Las aves mostraron preferencia por los herbazales, las zonas quemadas recientemente o en recuperación y los puntos cercanos a arbustos densos, zarzas y árboles jóvenes, es decir, la cobertura leñosa de la que habla el estudio. Después llegó la comprobación decisiva: revisar qué aves habían sobrevivido. Las que descansaban cerca de mucha cobertura leñosa sobrevivieron en una proporción cercana al doble.

Entre los coautores se encuentran James Martin, profesor de Warnell y director del laboratorio de aves de caza y ecosistemas gestionados, y Emily McCallen, del Departamento de Recursos Naturales de Indiana. El propio título del artículo lo resume sin rodeos: la selección del lugar de descanso influye en la supervivencia durante la temporada no reproductiva.

Qué es exactamente la cobertura leñosa

Conviene subrayarlo para propietarios de tierras, gestores y amantes del campo. Cobertura leñosa no significa bosque cerrado. Significa matorrales de zarzamora o de ciruelo, árboles jóvenes, setos crecidos en los lindes y vegetación baja, densa y con tallos leñosos, de esa que resulta incómoda de atravesar caminando. Hill lo describe como el tipo de parche en el que a una persona no le apetece meterse. Y ahí está justamente la clave. Un ave que vive en el suelo y que escapa con un vuelo corto y explosivo necesita un refugio al que halcones y zorros no puedan acceder con facilidad. Un matorral espinoso, a escala de una codorniz, funciona como una pequeña fortaleza.

El investigador ofrece además una regla práctica muy visual: si estás en un buen hábitat para la codorniz, deberías poder girar en varias direcciones, lanzar una pelota y acertar cada vez en un parche de cobertura leñosa. El hábitat, en otras palabras, no es un único refugio grande al borde de una finca. Es una red de refugios pequeños repartidos por la zona de alimentación, lo bastante cercanos para que el ave nunca quede lejos de un lugar seguro cuando cae la noche.

Más que una sola especie

Hill considera a la bobwhite una especie emblema de la salud de las zonas de matorral, y la explicación es sólida. Ese mismo mosaico de hierba, arbustos y crecimiento joven que ayuda a la codorniz a pasar el invierno también beneficia a aves cantoras, conejos, pavos silvestres, ciervos y a una larga lista de insectos y plantas. Cuidar el hábitat pensado para esta ave es, en la práctica, cuidar un ecosistema completo.

Esa idea de cuidar lo que nos rodea conecta con otros mensajes de esta semana sobre el valor de la creación y de la responsabilidad compartida, como la reflexión del papa León XIV sobre el Tiempo de la Creación en Castel Gandolfo y su invitación a compartir, con la idea de que al compartir nada se pierde. Son lenguajes distintos, el científico y el espiritual, pero apuntan a una misma intuición: los espacios vivos se conservan cuando alguien decide protegerlos de forma concreta.

Qué pueden hacer quienes gestionan el territorio

La conclusión práctica es esperanzadora porque no exige soluciones imposibles. Mantener y crear parches de matorral denso, evitar una limpieza excesiva de lindes y bordes, y pensar el paisaje como una red de pequeños refugios son medidas al alcance de muchos gestores. También ayuda respetar los ciclos de quema controlada y de regeneración que favorecen ese mosaico de hierba y arbusto que las aves eligieron en el estudio.

Para el público general, el mensaje es igual de valioso. A veces la conservación se presenta como algo lejano y abstracto, pero aquí la lección cabe en una imagen sencilla: un matorral desordenado puede salvar vidas. La próxima vez que veas una zarza en el borde de un camino, piensa que para una codorniz en una noche fría de invierno, ese enredo de ramas puede ser la diferencia entre desaparecer y amanecer un día más. Proteger esos rincones es una forma modesta, real y medible de mantener vivo el campo.

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