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Una bacteria del Ártico que usa acetona y luz solar para capturar dióxido de carbono

La superficie del océano Ártico es un lugar difícil para ganarse la vida. El agua se mantiene cerca del punto de congelación, la luz del sol aparece y desaparece con las estaciones y los nutrientes pueden escasear durante meses. Aun así, la vida en esas latitudes ha encontrado soluciones admirables, y un equipo de investigadores acaba de describir una de las más ingeniosas: una bacteria que se alimenta de un disolvente sencillo, absorbe dióxido de carbono y aprovecha la luz solar para ayudar a pagar el coste energético de todo el proceso.

El microorganismo se llama Porticoccus arcticus y vive en el mar de Beaufort, en la cuenca de Canadá del océano Ártico. Un equipo dirigido por científicos de la Universidad Concordia de Montreal y de la Universidad Heriot-Watt lo describió en la revista Nature Communications el 4 de noviembre de 2026, a partir de muestras recogidas durante expediciones realizadas entre 2017 y 2023. En algunos puntos, bacterias de este tipo representaban hasta el 9 por ciento de las bacterias detectadas en las aguas superficiales. No se trata de una presencia testimonial. Es un habitante habitual del ecosistema.

Luz solar, acetona y una molécula de dióxido de carbono

Casi todos aprendemos en la escuela una sola historia sobre la luz solar y el carbono: las plantas y las algas hacen la fotosíntesis y transforman el dióxido de carbono en alimento. Porticoccus arcticus hace algo parecido, pero distinto. Posee una proteína que capta la luz, llamada proteorrodopsina, que absorbe la radiación solar y la convierte en energía utilizable para la célula. Con ese presupuesto energético reforzado, la bacteria puede permitirse una reacción química costosa: la carboxilación de la acetona, un proceso que toma acetona, un compuesto simple de tres carbonos, y le añade una molécula de carbono inorgánico, es decir, dióxido de carbono.

La cuenta es precisa y el equipo la midió con detalle: un carbono inorgánico por cada molécula de acetona. Una enzima llamada anhidrasa carbónica, que actúa dentro de la célula, ayuda a gestionar el suministro de dióxido de carbono para la reacción. El resultado es un microorganismo que extrae dióxido de carbono del agua superficial del Ártico y lo incorpora a moléculas orgánicas más grandes, utilizando una fuente de carbono poco aprovechada por otros y luz solar gratuita para cubrir parte de la factura energética.

¿De dónde procede la acetona? Aparece de forma natural en el agua de mar en pequeñas cantidades, producida por otros organismos y por la acción de la luz solar sobre la materia orgánica. Para la mayoría de los microbios no es un alimento atractivo. Para este, combinada con la luz, es una oportunidad. La evolución premia ese tipo de oportunismo, sobre todo en un océano donde los recursos más fáciles ya tienen dueño.

Seis años de muestras en aguas muy frías

Las muestras que sustentan el estudio se recogieron a lo largo de seis años, entre 2017 y 2023, y eso aporta una solidez que una sola expedición no puede ofrecer. Las condiciones del Ártico cambian de un año a otro: la cobertura de hielo, la luz y la mezcla de las aguas varían, y un microbio que aparece de forma constante en ese periodo, hasta alcanzar en ocasiones el 9 por ciento de las bacterias superficiales detectadas, forma parte estable del ecosistema y no es un visitante pasajero.

Esa proporción importa para entender el panorama completo del carbono. El océano Ártico desempeña un papel desproporcionado en la forma en que el planeta gestiona el carbono, y sus residentes más pequeños realizan gran parte de ese trabajo. Cada vía que traslada dióxido de carbono desde el agua superficial hacia los tejidos vivos es una vía que los científicos necesitan incluir en sus mapas si quieren modelar la región con honestidad. Este estudio añade una vía que hasta ahora no estaba en el mapa: la fijación de carbono asistida por la luz y alimentada con acetona por una especie concreta y con nombre propio.

El origen del trabajo también tiene una simetría agradable. Concordia está en Montreal, una ciudad que conoce bien el invierno, y Heriot-Watt aporta una larga tradición en ciencias marinas desde Escocia. Entre ambas instituciones han dado al Ártico un nuevo personaje en su reparto, con una dieta memorable. En esta misma revista, la atención a la cooperación internacional aparece en historias como la entrega por Felipe VI en Madrid del Premio Enrique V. Iglesias, y la vida cultural en torno a la naturaleza se refleja en la visita de la familia Akishino a Aomori entre manzanos y teatro. Esta pequeña bacteria merece un lugar en esa compañía: trabajo paciente, bien hecho y con resultados que se sostienen.

Lo que todavía queda por medir

Lo que viene ahora es la lista habitual y bienvenida de preguntas abiertas. Los investigadores querrán saber hasta qué punto Porticoccus arcticus está extendida por todo el Ártico, cómo cambia su actividad entre el verano luminoso y el invierno oscuro y cuánto carbono procesa a lo largo de una temporada completa. El muestreo de 2017 a 2023 demuestra que persiste. Los próximos estudios podrán medir cuánto importa, gramo a gramo, a escala de un océano entero.

El hallazgo también deja una tarea concreta para quienes elaboran modelos climáticos y oceánicos. Una especie que alcanza el 9 por ciento de las bacterias superficiales detectadas en algunos lugares es demasiado abundante para dejarla fuera de las cuentas, y su receta es lo bastante específica como para comprobarla en otros mares fríos: entra acetona, se fija dióxido de carbono y la luz solar ayuda con la energía. Si aparecen parientes de Porticoccus en todo el Ártico, y quizá también en aguas frías de otras regiones, una pequeña lección de química del mar de Beaufort podría terminar ajustando cuentas de carbono muy grandes. Por ahora basta con disfrutar el descubrimiento en sus propios términos: en el mar más frío de la Tierra, una mota de vida miró la acetona y la luz del sol y vio en ellas su almuerzo.


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